Texto 10A5-II
Las metodologías activas pueden entenderse como procesos de aprendizaje en los que los alumnos participan activamente en la construcción del conocimiento, cambiando el enfoque del profesor, para lograr efectivamente la formación de ese estudiante como un sujeto activo, crítico, reflexivo y transformador. Como su nombre indica, las metodologías activas son una metodología de enseñanza que propone el activismo por parte de los alumnos en su proceso de aprendizaje. En estas metodologías, que son diversas, lo que se propone es la transformación de la forma de enseñar y aprender, dando importancia a lo que es importante, es decir, orientando lo que el profesor desea hacia lo que interesa a los alumnos.
Cabe añadir que la gamificación es una metodología activa que cuenta con elementos suficientes para ayudar al proceso de autonomía de los estudiantes. Esta metodología activa se confunde a menudo con los juegos, pero es mucho más que un juego. La gamificación no es un juego, sino el uso del diseño y los elementos de los juegos para ayudar en la búsqueda de alternativas a los problemas de la vida real: «la gamificación es el uso de mecánicas y dinámicas de juegos para su aplicación en otros contextos y actividades, con el fin de involucrar a las personas y resolver problemas» (Barbosa et al., 2020).
Es posible gamificar mediante juegos comerciales o juegos serios que, según Leal (2021), pueden ser específicos o adaptados al aprendizaje, como las plataformas digitales Moodle, AVA, Google Forms, PowerPoint y otras creadas específicamente para este fin, tales como Kahoot, Genially, Wordwall y Socrative.
La gamificación se define mejor como un conjunto de técnicas que tienen como objetivo mejorar el rendimiento en una actividad, la motivación de quienes la realizan y, como resultado, ir más allá de moldear comportamientos, sino también como una alternativa para satisfacer las necesidades de cada contexto educativo.
Sin embargo, cabe recordar que la función del aparato educativo va más allá del acto de enseñar, alcanzando principalmente la necesidad de crear condiciones de aprendizaje, es decir, el cambio se produce cuando el profesor incorpora en su práctica docente los nuevos valores, cambiando su conducta, sus pensamientos e incorporando los cambios en sus objetivos y en su práctica educativa. Ante este escenario, Lima y Oliveira (2022) afirman que cuando el profesor transforma «el aula en un espacio de diálogo y reflexión, mediando el aprendizaje y posibilitando descubrimientos en lugar de reproducciones», cumple su función social, que sería la de promover oportunidades para que los sujetos tengan las mismas condiciones de transformación de la realidad a partir del desarrollo de sujetos sociales que poseen autonomía y creatividad.
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En la enseñanza de lengua extranjera, las metodologías tradicionales enfocan en
Cumplen la misma regla de acentuación gráfica las palabras
I será y último.
II despertó e interés.
III catástrofe, según y declaró.
IV región y francófona.
Señale la opción correcta.
Texto associado
A partir del texto 10A5-II, es correcto afirmar que las metodologías activas
Texto associado
Texto 10A4
La pandemia de covid-19 obligó a profesores de todo el mundo a trasladar sus clases al entorno digital de un día para otro. Plataformas de videoconferencias, recursos interactivos y sistemas de evaluación en línea se convirtieron en herramientas esenciales para mantener la enseñanza en marcha. Pero, ¿qué ha sucedido con el uso de estas tecnologías una vez superada la emergencia sanitaria?
Un reciente estudio muestra un seguimiento a largo plazo sobre cómo ha cambiado el uso de las tecnologías digitales en las aulas tres años después del confinamiento. Los resultados evidencian un escenario mixto: aunque la frecuencia de uso ha disminuido respecto a la época de confinamiento, sigue siendo mayor que antes de la pandemia. Sin embargo, las tecnologías no se están utilizando de manera tan innovadora como sería deseable, aunque se observan algunos cambios moderados.
El estudio ofrece una conclusión clara: aunque la pandemia aceleró la adopción de tecnologías digitales en la educación, su integración no ha sido suficiente para transformar completamente la enseñanza. Se mantienen muchas de las prácticas tradicionales, y solo un grupo reducido de docentes ha logrado utilizar la tecnología de manera más innovadora.
Para que las tecnologías digitales tengan un impacto real en la enseñanza, es necesario invertir en formación docente. Los profesores que han recibido capacitación específica sobre el uso pedagógico de la tecnología han sido los que más han incorporado estrategias activas en sus clases. Esto sugiere que la clave para aprovechar las herramientas digitales no es solo proporcionarlas, sino garantizar que los docentes sepan cómo utilizarlas de manera efectiva.
Internet: (con adaptaciones).
La pandemia de covid-19 obligó a profesores de todo el mundo a trasladar sus clases al entorno digital de un día para otro. Plataformas de videoconferencias, recursos interactivos y sistemas de evaluación en línea se convirtieron en herramientas esenciales para mantener la enseñanza en marcha. Pero, ¿qué ha sucedido con el uso de estas tecnologías una vez superada la emergencia sanitaria?
Un reciente estudio muestra un seguimiento a largo plazo sobre cómo ha cambiado el uso de las tecnologías digitales en las aulas tres años después del confinamiento. Los resultados evidencian un escenario mixto: aunque la frecuencia de uso ha disminuido respecto a la época de confinamiento, sigue siendo mayor que antes de la pandemia. Sin embargo, las tecnologías no se están utilizando de manera tan innovadora como sería deseable, aunque se observan algunos cambios moderados.
El estudio ofrece una conclusión clara: aunque la pandemia aceleró la adopción de tecnologías digitales en la educación, su integración no ha sido suficiente para transformar completamente la enseñanza. Se mantienen muchas de las prácticas tradicionales, y solo un grupo reducido de docentes ha logrado utilizar la tecnología de manera más innovadora.
Para que las tecnologías digitales tengan un impacto real en la enseñanza, es necesario invertir en formación docente. Los profesores que han recibido capacitación específica sobre el uso pedagógico de la tecnología han sido los que más han incorporado estrategias activas en sus clases. Esto sugiere que la clave para aprovechar las herramientas digitales no es solo proporcionarlas, sino garantizar que los docentes sepan cómo utilizarlas de manera efectiva.
Internet: (con adaptaciones).
Acerca de la clasificación gramatical de las palabras de acuerdo con la función que cumplen dentro de la oración y a otros aspectos lingüísticos del texto 10A4, juzgue los siguientes ítems.
I La palabra «real» (primer período del último párrafo) es un sustantivo.
II Las palabras «y» (segundo período del primer párrafo) y «los» (segundo período del segundo párrafo) se clasifican, respectivamente, como conjunción y artículo definido.
III La palabra «escenario» (segundo período del segundo párrafo) es un adjetivo.
IV La palabra «del» (primer período del segundo párrafo) es resultado de la contracción de la preposición «de» con el artículo «el».
Están correctos solamente los ítems
Texto associado
Texto 2
Continuidad de los parques
Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación , nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Fuente: Final de juego, Julio Cortázar, 1956. 1996 Alfaguara.
Continuidad de los parques
Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación , nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Fuente: Final de juego, Julio Cortázar, 1956. 1996 Alfaguara.
Los términos habitación y puñal en el último párrafo podrían sustituirse respectivamente por
Texto associado
Texto 2
Continuidad de los parques
Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación , nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Fuente: Final de juego, Julio Cortázar, 1956. 1996 Alfaguara.
Continuidad de los parques
Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación , nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Fuente: Final de juego, Julio Cortázar, 1956. 1996 Alfaguara.
En el extracto del Texto 2: “Había empezado a leer la (1) novela unos días antes. La (2) abandonó por negocios urgentes, volvió a abrir la (3) cuando regresaba en tren a la (4) finca [...]” ¿cuál(les) “la” es un pronombre de complemento directo?
Texto associado
Texto 1
Cazar, comer y vestir el pez león en Panamá para controlar esta especie invasora
Hace alrededor de una década, los pescadores del caribe panameño identificaron un animal inusual en sus redadas diarias: de lejos parecía una flor; de cerca, sus espinas se asemejaban a una melena. Sin embargo, su aparición llegó de la mano de la repentina muerte de decenas de otras especies nativas. Así lo recuerda Marta Machazek de la Unión de Pescadores Artesanales de Bocas del Toro (Upesabo). Pronto, con ayuda de internet y la experiencia de pescadores vecinos de Costa Rica, consiguieron identificar el raro espécimen: se trataba de un depredador, uno tan voraz como bello: el pez león. Una especie originaria del océano Índico y que desde al menos tres décadas ha venido causando serios líos en los ecosistemas marítimos del Atlántico y el Caribe americano.
El pez león (Pterois miles) fue introducido en la región en los años ochenta y es temido por su naturaleza de depredador rapaz. “ Puede reducir las poblaciones de peces hasta en un 79 % en un plazo de cinco semanas, cazando en grupos y alimentándose hasta que exterminan todas sus presas en el área. (...) Y puede estar hasta tres meses sin alimentarse”, explicó a este diario Keiko Ashida, especialista ambiental del Banco Mundial. Además, el pez león no tiene un depredador natural, excepto el ser humano.
Fue justo en ese detalle en el que se concentraron los pesqueros organizados de Bocas del Toro, un archipiélago al noroeste de Panamá, donde por años observaron con frustración cómo sus pargos, jureles o meros eran devorados por el pez león. “No podíamos quedarnos de manos cruzadas. Empezamos a buscar mecanismos como, por ejemplo, involucrar al Gobierno para que tomaran acciones. Mientras, decidimos que si el pez no tiene depredador natural, pues nosotros lo seríamos”, agrega Machazek.
De esa forma nació una idea que no solo lograba mantenerlo a raya, sino que también servía para fortalecer a las comunidades locales: comida gourmet de pez y accesorios hechos de sus espinas. Luego de asesorarse con comunidades pesqueras de la región como sus vecinos de Costa Rica —donde desde hace diez años el control de esta especie se declaró de interés público— o México, se cercioran de que la carne de pez león es apta para el consumo humano. Lo único venenoso son sus púas y, si se sazona, es suave y jugoso. Machazek incluso, tímidamente, dice que le parece mejor que el pargo que se come en la zona.
Y si bien de entrada no resultó sencillo vender los productos, pues su fama de venenoso ahuyentaba a la gente, la organización se las ingenió e iniciaron una campaña de pedagogía con la población local. “Debíamos vencer el temor de la gente a comerlo. Empezamos con una campaña de degustación, lo procesamos, fileteamos; la idea era venderlo de manera atractiva”, detalla Ivanía Campbell, encargada de esa misión. Luego, con los restos de sus aletas, gracias a su forma y llamativos colores, fabricaron accesorios como aretes y collares.
No se detuvieron ahí. Insistieron en hacer redadas para capturar los que más pudiesen, y para que los pescadores se animaran a hacerlo. De hecho, celebran un torneo de caza anual que, aunque no es una iniciativa nueva en la tarea de control del pez, en su caso ha sido plenamente autogestionada. De hecho, la solidaridad y los equipos entre pescadores del Caribe ha jugado un papel central ante la negligencia estatal para acompañarlos, como cuenta la líder.
“Nosotros somos vecinos de pesca con Manzanillo, en Costa Rica, y conversando con el presidente de su asociación allá, y juntos, le apostamos a impulsar un proyecto grande que no solamente involucrara a nuestras organizaciones, sino que contemplara otros países afectados”. Así surgió un intercambio que llevó a la Upesabo a Cozumel, en el Caribe mexicano, que ya tiene un mayor recorrido en el control de este pez. También se involucraron comunidades de Belice y Honduras.
Los esfuerzos parecían ir viento en popa, pues lograron un apoyo temporal de la Alcaldía del municipio de Almirante y de la International Accreditation Forum (IAF), cuando la pandemia tocó la puerta y el proyecto se detuvo temporalmente. Aun así, durante esa crisis, el pez león terminó alimentando algunos barrios vulnerables de Bocas del Toro cuando la comida escaseaba. Los años siguientes, a medida que el mundo poco a poco superaba aquella crisis, en Bocas del Toro han ido reactivando las acciones de control. Pero están convencidos de que sus esfuerzos son insuficientes ante una problemática que requiere mayor atención, entre otras, por la enorme capacidad de reproducción de esta especie, donde las hembras están en condiciones de poner millones de huevos.
En una entrevista con la agencia EFE hace más de una década, el encargado para entonces de la Autoridad de los Recursos Acuáticos de Panamá (ARAP) ya advertía los problemas que puede traer el crecimiento desaforado del pez león. “Estamos preocupados porque la disminución de los peces en el Caribe va en aumento”, dijo en ese momento. Asimismo, advirtió que la ARAP no tenía estadísticas sobre la presencia de esa especie en el caribe panameño. En pleno 2026, el panorama no ha cambiado, salvo porque la presencia de esta especie ya llegó hasta el mar Mediterráneo.
En Panamá, con los múltiples cambios presidenciales, este tema que, gracias a los reclamos de comunidades pesqueras y activistas ambientales, empezó a estar en la mesa, quedó al margen, según alerta Campbell. La situación se hizo aún más compleja recientemente tras la firma de un decreto que cambió la figura de protección de varias zonas naturales del país, como el Humedal San San Pond Sak o la Isla Bastimentos, convirtiéndolas en Parques Naturales y creando una serie de restricciones para la población vecina, en particular, para los pescadores.
Machazek asegura que esta medida fomenta el crecimiento insostenible del pez león y afecta las acciones para contenerlo, impactando no solo su soberanía alimentaria, sino también los arrecifes de coral. Al no poder usar arpón bajo la nueva normativa —la única forma de cazarlo—, el animal se reproduce sin control. Las comunidades dedicadas ancestralmente a esta práctica han pedido que se modifique el decreto por varias razones. Una disputa aún en curso. Entretanto, en la Upesabo sueñan con reunir los recursos que les permitan acondicionar el centro de acopio, construir un cuarto de procesamiento y formarse para reunir las condiciones para comercializarlo con un registro sanitario oficial en supermercados y otros negocios.
Adaptado de https://elpais.com/america-futura/2026-03-07/cazar-comer-y-vestir-el-pez-leon-en-panama-para-controlar-esta-especie-invasora.html. Accedido el: 07 mar. 2026.
Muchos verbos presentan diptongación: la vocal de la raíz, al conjugarse en determinadas personas y tiempos, se transforma en dos vocales; estos se llaman verbos irregulares. ¿Cuál de las siguientes opciones contiene 3 verbos irregulares en tiempo presente indicativo que presentan diptongación?
Cazar, comer y vestir el pez león en Panamá para controlar esta especie invasora
Hace alrededor de una década, los pescadores del caribe panameño identificaron un animal inusual en sus redadas diarias: de lejos parecía una flor; de cerca, sus espinas se asemejaban a una melena. Sin embargo, su aparición llegó de la mano de la repentina muerte de decenas de otras especies nativas. Así lo recuerda Marta Machazek de la Unión de Pescadores Artesanales de Bocas del Toro (Upesabo). Pronto, con ayuda de internet y la experiencia de pescadores vecinos de Costa Rica, consiguieron identificar el raro espécimen: se trataba de un depredador, uno tan voraz como bello: el pez león. Una especie originaria del océano Índico y que desde al menos tres décadas ha venido causando serios líos en los ecosistemas marítimos del Atlántico y el Caribe americano.
El pez león (Pterois miles) fue introducido en la región en los años ochenta y es temido por su naturaleza de depredador rapaz. “ Puede reducir las poblaciones de peces hasta en un 79 % en un plazo de cinco semanas, cazando en grupos y alimentándose hasta que exterminan todas sus presas en el área. (...) Y puede estar hasta tres meses sin alimentarse”, explicó a este diario Keiko Ashida, especialista ambiental del Banco Mundial. Además, el pez león no tiene un depredador natural, excepto el ser humano.
Fue justo en ese detalle en el que se concentraron los pesqueros organizados de Bocas del Toro, un archipiélago al noroeste de Panamá, donde por años observaron con frustración cómo sus pargos, jureles o meros eran devorados por el pez león. “No podíamos quedarnos de manos cruzadas. Empezamos a buscar mecanismos como, por ejemplo, involucrar al Gobierno para que tomaran acciones. Mientras, decidimos que si el pez no tiene depredador natural, pues nosotros lo seríamos”, agrega Machazek.
De esa forma nació una idea que no solo lograba mantenerlo a raya, sino que también servía para fortalecer a las comunidades locales: comida gourmet de pez y accesorios hechos de sus espinas. Luego de asesorarse con comunidades pesqueras de la región como sus vecinos de Costa Rica —donde desde hace diez años el control de esta especie se declaró de interés público— o México, se cercioran de que la carne de pez león es apta para el consumo humano. Lo único venenoso son sus púas y, si se sazona, es suave y jugoso. Machazek incluso, tímidamente, dice que le parece mejor que el pargo que se come en la zona.
Y si bien de entrada no resultó sencillo vender los productos, pues su fama de venenoso ahuyentaba a la gente, la organización se las ingenió e iniciaron una campaña de pedagogía con la población local. “Debíamos vencer el temor de la gente a comerlo. Empezamos con una campaña de degustación, lo procesamos, fileteamos; la idea era venderlo de manera atractiva”, detalla Ivanía Campbell, encargada de esa misión. Luego, con los restos de sus aletas, gracias a su forma y llamativos colores, fabricaron accesorios como aretes y collares.
No se detuvieron ahí. Insistieron en hacer redadas para capturar los que más pudiesen, y para que los pescadores se animaran a hacerlo. De hecho, celebran un torneo de caza anual que, aunque no es una iniciativa nueva en la tarea de control del pez, en su caso ha sido plenamente autogestionada. De hecho, la solidaridad y los equipos entre pescadores del Caribe ha jugado un papel central ante la negligencia estatal para acompañarlos, como cuenta la líder.
“Nosotros somos vecinos de pesca con Manzanillo, en Costa Rica, y conversando con el presidente de su asociación allá, y juntos, le apostamos a impulsar un proyecto grande que no solamente involucrara a nuestras organizaciones, sino que contemplara otros países afectados”. Así surgió un intercambio que llevó a la Upesabo a Cozumel, en el Caribe mexicano, que ya tiene un mayor recorrido en el control de este pez. También se involucraron comunidades de Belice y Honduras.
Los esfuerzos parecían ir viento en popa, pues lograron un apoyo temporal de la Alcaldía del municipio de Almirante y de la International Accreditation Forum (IAF), cuando la pandemia tocó la puerta y el proyecto se detuvo temporalmente. Aun así, durante esa crisis, el pez león terminó alimentando algunos barrios vulnerables de Bocas del Toro cuando la comida escaseaba. Los años siguientes, a medida que el mundo poco a poco superaba aquella crisis, en Bocas del Toro han ido reactivando las acciones de control. Pero están convencidos de que sus esfuerzos son insuficientes ante una problemática que requiere mayor atención, entre otras, por la enorme capacidad de reproducción de esta especie, donde las hembras están en condiciones de poner millones de huevos.
En una entrevista con la agencia EFE hace más de una década, el encargado para entonces de la Autoridad de los Recursos Acuáticos de Panamá (ARAP) ya advertía los problemas que puede traer el crecimiento desaforado del pez león. “Estamos preocupados porque la disminución de los peces en el Caribe va en aumento”, dijo en ese momento. Asimismo, advirtió que la ARAP no tenía estadísticas sobre la presencia de esa especie en el caribe panameño. En pleno 2026, el panorama no ha cambiado, salvo porque la presencia de esta especie ya llegó hasta el mar Mediterráneo.
En Panamá, con los múltiples cambios presidenciales, este tema que, gracias a los reclamos de comunidades pesqueras y activistas ambientales, empezó a estar en la mesa, quedó al margen, según alerta Campbell. La situación se hizo aún más compleja recientemente tras la firma de un decreto que cambió la figura de protección de varias zonas naturales del país, como el Humedal San San Pond Sak o la Isla Bastimentos, convirtiéndolas en Parques Naturales y creando una serie de restricciones para la población vecina, en particular, para los pescadores.
Machazek asegura que esta medida fomenta el crecimiento insostenible del pez león y afecta las acciones para contenerlo, impactando no solo su soberanía alimentaria, sino también los arrecifes de coral. Al no poder usar arpón bajo la nueva normativa —la única forma de cazarlo—, el animal se reproduce sin control. Las comunidades dedicadas ancestralmente a esta práctica han pedido que se modifique el decreto por varias razones. Una disputa aún en curso. Entretanto, en la Upesabo sueñan con reunir los recursos que les permitan acondicionar el centro de acopio, construir un cuarto de procesamiento y formarse para reunir las condiciones para comercializarlo con un registro sanitario oficial en supermercados y otros negocios.
Adaptado de https://elpais.com/america-futura/2026-03-07/cazar-comer-y-vestir-el-pez-leon-en-panama-para-controlar-esta-especie-invasora.html. Accedido el: 07 mar. 2026.
Muchos verbos presentan diptongación: la vocal de la raíz, al conjugarse en determinadas personas y tiempos, se transforma en dos vocales; estos se llaman verbos irregulares. ¿Cuál de las siguientes opciones contiene 3 verbos irregulares en tiempo presente indicativo que presentan diptongación?
Considerando los verbos del Texto 1, IDENTIFICARÓN, SURGIÓ y ASEGURA, selecciona en cuál tiempo y modo verbal ellos están, respectivamente.
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De acuerdo con “La Celestina”, es correcto afirmar que Melibea
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